miércoles, 15 de septiembre de 2010

A golpazos no aprendí - Parte 1


Tenía 4 años. Vivía en la casa vieja. Mi mundo eran mi mamá, mi papá y Carlos, mi hermano mayor. Pero además de ellos, había una familia del barrio: los Minuta La Rosa de “la Sicilia”. Ellos eran mi “tía” Teresa; su esposo Turi Minuta Fiocco; el buen Doménico, su cuñado; mi querida “tía Ciccina” y Giovanni, hijo menor de mi “tía”, con quien mi hermano y yo nos convertimos compañeros de mil y un juegos. Eran tiempos felices y sin mayores preocupaciones. A ninguno nos interesaba la frágil situación política que atravesaba el Perú; por eso, nos importó que militares dieran su golpe y sacaran al pobre presidente Belaunde de Palacio ¡en pijamas! Bueno, al menos, así dice la leyenda.
II-
Fue a mediados del 69 cuando mi padre anunció que nos mudábamos. La “casa nueva” parecía estar lejísimos de todo: No había tienda, ni panadería, ni farmacia cerca; solo habían chalets, pistas, veredas y una cerca de alambres alrededor… mismo campo de concentración… Sin embargo, nos sentíamos emocionados pues íbamos a nuestra casa. Así, mientras Neil Armstrong daba un ‘gran salto para la humanidad’ y caminaba sobre la luna, nosotros también lo hicimos, cambiándonos a “Roma”, que ese era el nombre la urbanización.
Una de las primera cosas que mi madre, previsora ella, sugirió hacer, era buscar comercios… Mi padre, obvio, fue el encargado de la misión e hizo las primeras incursiones por los alrededores… Así descubrió, en una esquina, cruzando la ‘Colonial’, la bodega más cercana, era la que bautizamos, por razones obvias, como la “del bigotón”. Dicha tienda se convirtió en una suerte de pequeño Metro o Wong de todos los “romanos” recién llegados a esos lares.

Casi frente del negocio del “Bigotón” había un colegio… Mejor dicho, una casa que fungía como tal, se llamaba “Alberto Schweitzer”.

Allí nos matricularon a mi hermano y a mí.

-III-
El director del “Schweitzer” (Padilla se apellidaba), era un hombre alto y sonriente que, vivía en la esquina de mi casa, quien, además de una camioneta ‘station wagon’ Dodge de color verde limón, tenía un verbo florido y seguramente un extraordinario poder de convencimiento, pues pintó a mi padre una imagen maravillosa de su colegio y pudo convencerlo a pesar de lo desconfiado que solía ser mi papá. ¡Ese fue su mérito!
La realidad, como lo comprobamos después, era muy distinta: Para empezar, los salones habían sido originalmente ambientes como sala, comedor o dormitorio; los cuales, con mucho ingenio y buena voluntad, habían sido “habilitados” como aula y oficinas… Y digo “aula”, pues a pesar que mi hermano era mayor que yo, él y unos 20 chiquillos de diferentes edades, ¡estudiábamos todos juntos en el mismo ambiente!
En pocas palabras, el ‘Schweitzer’ era muy parecido a cualquier colegio fiscal de alguna recóndita provincia, con la diferencia que los alumnitos llevábamos insignia, se nos emitía una libreta de notas y nos llevaban en la ‘movilidad del colegio’… la cual no era otra, sino la camioneta de nuestro Director.

-IV-
Del ‘Schweitzer’ guardo varios recuerdos… El primero, vergonzoso para mí, es el de mi querida madre haciendo guardia junto al portón del colegio, pues, un servidor, no quería dejarla… Mi hermano mayor ya había estado en un nido pero yo no; por eso lloraba y me conformaba solo cuando me asomaba por la puerta y la veía. Fue un abuso de mi parte, lo reconozco; pero así fue durante casi mes y medio.

Otros recuerdos son de cuando ya anduve más calmado… El primero fue de un día en que, no sé cómo ni por qué, un compañerito, Henry, nos hizo una “presentación” en clase.

La “presentación” según la profesora, era la imitación del “Heleno, el cantante de moda” ¡Ahh! Casi puedo ver a Henrricito… Así le decía su madre… Era un niño de la edad de mi hermano, blancón y delgado. Esa mañana, salió al frente de todos con su uniforme verde, pantaloncito corto con tirantes, saco y un corbatín plástico… llevaba el pelo largo y lacio, peinado a la moda de entonces… ¡un pequeño Beatle parecía! Lo curioso era que Heleno, al que iba a imitar, ¡era calvo!

En fin… Nuestro compañerito, se puso delante, de cara al pizarrón y dándonos la espalda. La profesora pidió silencio. Había un tocadiscos portátil y un disco 45. (Más silencio.) De pronto, digamos que Henry ‘entró en carácter’; se llevó las manitas al rostro, agachó su cabecita y sus cabellos cayeron hacia delante…. Entonces, aún sin voltearse, con sus piernecitas un poco separadas y ligeramente encorvado, hizo una leve inclinación, la cual supongo, era la señal que la maestra esperaba para posar la aguja del tocadiscos en el acetato. Empezó a sonar la introducción de guitarra eléctrica y batería… “Taratatantan tatatan tatantatata…” De pronto, con un giro digno de Mijaíl Baryshnikov, vimos al pequeño Henry dar un salto, dar una vuelta en el aire y caer en sus dos pies y, levantando su castaña melena de su carita, hizo como que tomaba un micrófono y ‘cantó’:
“Iba yo paseando, vidrieras mirando y mientras soñando cuando te vi, tú estabas en pose un poco filmando…”
No escuché más…tras el asombro inicial, todos estallamos de risa, pero Henrricito, sin inmutarse, siguió hasta el final… ¡Era todo un artista! Por tanto, no tenía conciencia del ridículo.
Ese fue más bonito recuerdo del Schweitzer, mucho mejor que cuando me gané un cartón con una imagen del chanchito violinista de Disney, pues obtenerlo fue relativamente fácil: Se lo daban al que no hacía ruido ni nada durante 10 minutos y yo, la verdad, no hacía nada… Pero igual lo conservo con cariño.

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