miércoles, 27 de octubre de 2010

La bruja del 77 - Parte 1 de 3

-A manera de introducción-
Siempre respeté a mis profesores del cole. Respeté a todos, pero solo a algunos llegué a querer; sobre todo a los que me enseñaron en primaria. Hoy, adulto y, por "cosas de la vida", convertido en maestro, del mismo colegio donde estudié; personas como don Julio C.S.T. ("el que todo lo sabe") me hacen notar que el respeto no está exento de temor. Y tiene razón,  aún lo mantengo con algunos de los que ahora son mis colegas y los conocí como estudiante. Un caso particular es quien (según me dice), lo sigo viendo como si todavía fuese su alumno.
¿Será eso lo antes llamaban un “sano temor”; el mismo que me inculcaron de chiquito y se mantiene a pesar de los años? No lo sé, pero con el mismo, don Julio C.S.T., me sucede lo mismo a veces; y eso que él usted nunca me enseñó.
-I-
A inicios de 1977, cuando todavía no se desataba la locura de “Saturday Night Fever” (en el Perú eso pasó cerca a Navidad e inicios del 78), vivía medio asustado. En realidad, estaba confundido porque en el colegio descubrí que las brujas sí existían.

Llegar al tal descubrimiento había empezado un año atrás, cuando un grupo de ciento cincuenta imberbes mozalbetes lasallistas ingresamos a secundaria. Todavía recuerdo el primer día de clase de 1976: bisoños, medio "pavos", la mayoría creyéndose "grandes" y felices de haber dejado por fin la primaria; algunos por ahí, medio en skock porque recién se había contratado varias profesoras para primaria. Ellas eran, a diferencia de nuestros exprofes, ¡jóvenes! y, para remate, ¡bonitas!

La noticia corrió como pólvora. En cuanto pudimos, muchos corrimos hacia el pabellón de primaria para comprobar si lo que decían era verdad. ¡Y lo era! ¡Allí estaban! ¡Qué desgracia! Cualquiera que no hubiera estado con nosotros en los años pasados, no entendería el porqué de nuestra frustración: casi seis años la mayoría de nuestros profesores habían sido varones y viejos (rondaban fácilmente los 60 o 70 años); además los que no fueron hombres, eran monjas. ¡Qué injusto! ¡Puñales, qué mala pata! -decíamos- ¡Justo cuando entramos a secundaria llegan profes nuevas y todas van a primaria! 

Eso pensamos, pero nos equivocamos. Por "cosas del destino", “Papá Lindo” se apiadó de nosotros y nos envió a una profesora.

Parecpia que la Providencia había hecho bien su trabajo y, para alegría de los esforzados muchachos de 1º de secundaria, nos  tocó una maestra jovencita, de 24 o 25 años, que además de inteligente, era linda. Ella se convertiría para mí, en la encarnación misma de un ángel.

¿Su nombre? Violeta Lara…
-II-
¡Cómo no recordar a la profesora Lara si era todo dulzura! Durante el tiempo que estuvo con nosotros nunca se permitió un grito, nunca un mal gesto, nunca un despropósito. Ser suave y delicada era su mayorvirtud. Si hasta cuando tenía que llamarnos la atención por hacer bulla, lo hacía con voz cantarina diciendo “A ver, hijitoos… ¿guardaan silencioo?”  ¿Y qué creen? ¡Todos le hacíamos caso! ¡Tan linda ella! ¡Tan obedientes nosotros!

Las clases de la profesora Lara discurrían felices y tranquilas, no solo porque su presencia era casi una bendición en un colegio de varones; sino porque con el tiempo comprobamos sus innegables méritos profesionales y personales. En mi caso, la presencia de la profesora Lara escondía además tenía un algo especial: Aunque por entonces era (un poco más) ignorante sobre el tema de “las mujeres”, la señorita Lara se convirtió en lo más cercano a mi "ideal de chica ideal’. Así, aunque a mis doce años no lo tenía claro, para "quedar bien con ella", me esforzaba al máximo durante sus clases pensando para "mis adentros" en lo bonita que era, esperando que pensara un ratito en mí al momento de revisar mis exámenes.

Hoy, treinta y cuatro años después, su imagen persiste en mi mente. Casi la veo caminando muy elegante por el pasadizo del pabellón de secundaria; siempre con un fólder en el brazo pegado a su pecho, siempre vestida con pulcritud y recato; siempre una blusa o una ‘cafarena’ de cuello alto; siempre un cardigan sencillo o un saco de paño; siempre faldas largas por debajo de las rodillas; siempre zapatos oscuros con tacos no muy altos; siempre un maquillaje discreto y su cabello lacio bien sujeto con una cola y cerquillo. Sempre muy ella, serena, en su sitio. En resumen, aunque suene ridículo; por entonces, después de la "Virgencita de la Estrella" (nuestra patrona) y, obvio, mi madre; allí, peleando el segundo lugar, allí estaba la señorita Violeta Lara.

-III-
Después de esta tardía y medio huachafa declaración de mi ‘amor’ adolescente, no me queda sino confesar la verdad de mi fascinación por mi profesora: aparte de sus ojos medio rasgados escondidos detrás de unas gafas enormes, lo que más me gustaba de ella era, ni más ni menos, ¡su voz! ¡Tan dulce suave era! Puede que con el tiempo la haya idealizado pero, aparte de la voz de Marisela (ver ‘Message in a bottle’), ninguna otra voz me ha sonado jamás tan perfecta a mis oídos.

Fue de esta manera que la profesora Lara, no solo definió mis primeras expectativas relacionadas con las chicas, sino que, de alguna manera, determinó mi gusto por cierto "tipo" de mujeres. Además, como "valor agregado", las señorita Violeta hizo nacer en mí un incipiente gusto por la literatura. ¡Bueno, al menos por un tiempo!

-IV-
Los 70’s fueron una década dura. Junto con la Revolución de las FFAA de don Juan Velasco Alvarado vino el nacionalismo. Por eso, la literatura peruana monopolizó el material que se leía en los primeros años de secundaria. No me quejo, pues debo reconocer que gran parte del mérito de la literatura peruana proviene de los cuentos de Valdelomar, Ribeyro, Congrains Martins, López Albújar y Naranjo. 

Esos eran los autores que estábamos obligados a leer y fue tanto su impacto, que aún ahora guardo mi viejo libro “Lectura silenciosa y expresiva” de Jorge Ventura Vera. En él no solo están los más conocidos cuentos de esos autores peruanos, sino también alginas anotaciones y explicaciones que la profesora Lara nos daba en clase. 

El primer cuento que leímos con la profesora fue “Los gallinazos sin plumas”. Nadie como ella para hablarnos sobre  la “hora celeste y mágica” y, al mismo tiempo, cargar con el sufrimiento de Efraín y Enrique, explotados del infame Don Santos,

Junto a la Profesora Lara vivimos todo eso con un nudo en el estómago, pero embriagados por su candidez y efímeras alegrías de los personajes, hasta sus más bajos penamientos resumidos en la venganza que se hizo realidad en el hocico inmundo de Pascual, el cerdo.
Luego de escuchar los "gallinazos" en la voz de la profesora Violeta, todos los demás cuentos fluyeron y crearon en nuestras mentes ppuberes, imágenes más vívidas y realistas que las tristes ilustraciones que el libro contenía.

Así, junto a la señorita Violeta, acompañaos a Esteban, el niño ‘de junto al cielo’ cuando encontró el billete de 10 soles; fuimos testigos mudos del horror del ‘Ushanan Jampi’ en el pueblo de Chupán; sentimos en carne propia cada golpe que quiñaba el trompo del “Chupitos” y rabiamos de impotencia frente a la humillación del pobre  Paco Yunque.
Sin embargo, lo maravilloso sucedió con el cuento “El vuelo de los cóndores” de Valdelomar... Fue tan intensa la experiencia, que muchos en el salón empezamos a soñar con el circo y sobre todo, con un personaje: Miss Orquídea, la trapecista.

En mi caso, caí rendido bajo el hechizo de un pueril amor por una heroína de ficción, con la diferencia que, cada vez que la imaginaba, en vez de una "Orquídea", veía una "Violeta".

Llegó por fin 1977 y con él, nuestro segundo año de secundaria. El primer día de clases ya tenía mi libro “Cuentos peruanos 2 ” forrado con papel azul, forro 'Vinifan' encima y una etiqueta bien puesta, tal como me había enseñado mi madre. Así, esperaba ansioso mi clase de Lenguaje.

Recuerdo claramente cuando la profesora Lara apareció en el vano de la puerta del salón, estaba plácida y hermosa, pero había algo que no estaba igual. ¡La profesora se veía medio gordita! La razón  era más que evidente, pero a mí nunca se me había ocurrido. Era un pequeño detalle que explico hoy parafraseando una canción: "Tú serías una mujer perfecta… pero solo tienes un defecto… ¡que no eres... soltera!"

-V-
Como por aquellos años, aún se estilaba ser discreto entre los docentes, pocos sabíamos de la vida privada de las maestra. Por eso no sabíamos que la señorita Lara, meses antes de ingresar al colegio, se había casado y era obvio que había hecho un “encargo” entretanto.

A los pocos días de clase parece que el embarazo no le sentó bien; empezó a faltar y, finalmente, tras unos  cuantos meses, dejó de venir definitivamente.

- VI-
¡Fue de imprevisto!

Cierto día, cuando era junio y garuaba, nuestro Titular, el “Caballón” Medina, llegó a clases con la mala nueva.

Para contarlo de una forma menos triste posible, digamos que loq eu dijo sonó algo así como lo que se solía escuchar en el Estadio Nacional durante un partido de fútbol: ¡Aaaatención! ¡Aaaatención! ¡Caaaambio en el equipo de 2º año! ¡Saleee… la Srta. Violeta Lara (alias ‘el Ángel’)! ¡Ingresaaa, la Srta. Dora (alias ‘la Bruja’)!

(¡Glup!)

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.