sábado, 5 de febrero de 2011

Palo, palo, palo, palo a “Palito”

De muchacho era muy tenso, recuerdo que el solo hecho de estar en un bus lleno de gente, hacía que sudara a mares, ¡aun en invierno! La misma cosa era cuando, al tener que caminar hacia algún sitio, sentía que llegaba fuera de hora…
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¡Estaba ‘atrasado’! Iba lo más rápido que podía haciendo mi ruta de siempre a través del centro de Lima, yendo desde la universidad hasta el ICPNA. Había cada vez más autos, ómnibus micros y ambulantes… ¡Cada vez más ruido y suciedad! No lo sabía, pero había empezado, inexorable, la decadencia del centro histórico… Hacía mi mejor esfuerzo por ir más rápido, cuando, de pronto, para variar, ¡un calambre!... “¡Avanza!”, me decía. "¡No te detengas!" , pero el dolor en la piernas me molestaba; paraba un momento, respiraba y luego seguía la marcha. “Ya falta poco… “Doblas esa esquina, llegas a Azángaro y luego al Jirón Cusco, ¡y ya!” A la mitad de la cuadra, pasando despacito, ya fastidiado por el hormigueo en las piernas, lo único que me distaría era voltear a mi izquierda y encontrar al buen Mejía Baca sentado al fondo de su librería. ¡Percibía algo admirable en aquel hombre solitario en medio de la decadencia social y cultural que se avizoraba! “¡Ya llegas! ¡Falta poco!” –pensaba. Sin embargo, mis piernas no perdonaban, ¡se agarrotaban cada vez más! El punto era que, según yo, debía que llegar temprano, o sea ¡20 minutos antes…! Mala costumbre la mía, que aún ahora, ya mayor, aún me acompaña.
Fue así, que con mis últimas energías traté de apurar el paso. Miré mi reloj (ese huachafo con la esfera de color verde eléctrico que me había regalado mi madre) y me di cuenta de la hora: “¡Pucha! ¡Faltan 17 minutos para las clases y yo, aún no llegaba! ¡No puede ser!” Me molesté y traté de dar un paso más, pero, increíble como suene, las piernas no me lo permitían y fue entonces que me quedé parado en medio de la vereda, medio agachado, con las manos en mis muslos y fue también cuando escuché una canción…

Por aquellos años, la novedad eran los casetes, esos que apuraron la muerte de los vinilos y que produjeron la aparición de la piratería en forma de unas carretillas llenas de cintas piratas que con tocacintas y parlantes adosados a las mismas, ponían su cuota festiva y casi de pueblo a las calles limeñas… Así, con un sonido terrible que “taladraba” los oídos, llegó a mí la canción que terminó por completar el cuadro de mi desgracia: mientras me sobaba las piernas por la punzadas que sentía, transpiraba y me había quedado detenido a media cuadra del ICPNA, Palito Ortega cantaba: “Caminando por la calles voy cantando…. Voy cantandoooo… Caminando por la calles voy cantando…. Voy cantando… Voy cantandoooo… mi canción…” ¡Cómo te odiaba; “Palito”!…Y no era la primera vez…

¿Por qué era tan endemoniadamente alegre y “positivo” ese hombre? ¿Cómo se le ocurría a “nuevaolero” y feliz cantante gaucho cantar eso,¡mientras yo iba a llegar “tarde” a clases y tenía las piernas tan crispadas que casi no podía ni dar un paso! “Voy cantando, voy canción… mi canción…. Mi canción es la canción que cantan todos… los que sienten… el amor…. Porque tiene la simpleza y la alegría… la alegría y la simpleza de una flor” – seguía la canción a lo lejos.

Felizmente, para atemperar mi cólera y seguir adelante, vino a mi mente la historia del inefable Bryce Echenique, quien una vez dijo que tras el éxito de “Un mundo para Julius” Bryce había caído en una depre tan fuete, que solo escribiendo los cuentos de la “La felicidad… ja ja” (otra canción de Palito) y que así, riéndose de sus propias desgracias, puedo sobrevivir a la fama producto de su primera obra, convirtiéndose para la posteridad una especie de “humorista triste”…. Si a él le sirvió para eso, ¡entonces, yo podía, al menos, llegar al instituto!

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Por eso, mi estimado Palito; no te quería mucho que digamos, y esa antipatía, que sé que te tiene sin cuidado, llegó a su nivel más alto cuando una vez quedé como un reverendo tarado frente a una chica. Te explico, con ella estudiaba ya tres ciclos en el ICPNA. Para mi suerte solíamos salir juntos y tomar el mismo bus, la “61”. Como ya me empezaba a gustar, quise decirle algo, y no sé por qué se me vino a la mente “Jenny”, ese 45 que se tocaba mucho en casa: “Fulanita”-le dije- “tengo que hablar contigo… Siempre hablé como amigo…. Hoy quiero hablar de amor….” ¡La chica se rió en mi cara y se bajo del bus matándose de la risa! ¡Maldición! Desde entonces, fui para ella, no un potencial enamorado, sino el payasito del salón… ¡Y un payasito cantor! ¡Triste, triste! -3-
Nunca compré ningún disco de Palito Ortega y, acaso que si cuando me mude “al otro barrio”, encuentran uno por ahí, dejo expresa constancia que fue un regalo… Creo que usted, José, también odiaba al tipo por ser tan ‘feliz’, ¿no?

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