Junto a mi “tío Ale”, el “loco”, aprendí mucho... Alejandro Casas Casas, "Ale", era un hombre habilidoso, gracioso, bueno como el pan, casi siempre desaliñado y con pinta de cómico mexicano de los años 50's. Era una mezcla de carpintero, dibujante, mecánico, electricista y lo mejor de todo, mitad científico loco y mitad niño como yo. Cuando chico, Ale fue mi cómplice en varias de mis propias locuras; él era quien, guiñándome el ojo y sonriendo (con cada vez menos dientes), me secundaba en algunas de mis disparatadas ocurrencias...Y es que Ale me entendía, por eso fue quien me ayudó a diseñar y construir mi primer proyector casero de retazos de película usando una caja de zapatos pintada de negro por dentro, mi lámpara de noche, conos usados de papel higiénico, unas lupas y unos soportes de los muñequitos que venían en las lastas de "Nescao" y que servían como apoyo a mis artesanales "diapositivas"; fue "Ale" quien me ayudó a hacer una maqueta a escala de una ciudad llena de rascacielos, eran cajas de remedios que él pintó a mano simulado edificios y los colocó en calles que tenían autos en miniatura; él fue también quien respondiendo una inocente pregunta mía, me dijo cómo podía hacer que los "edificios" se incendiasen igual que en la película "Infierno en la torre": ¡Les echas un poquito de alcohol y ya! (Ahora, madre, ¡ya sabes cómo quemé un poco del piso vinílico de mi cuarto!)
Finalmente, gracias a a mi Tío "Ale" descubrí el poder de la electricidad. Fue cuando me regaló un pequeño motor eléctrico que funcionaba a pilas; era un carcasa de plástico donde había montado un motorcito que movía unas hélices de cartón y, a un lado, había un foquito rojo que se encendía... Me dijo que era la base de un avión, que no lo encendiera mucho pues las pilas acumulaban poca electricidad, si lo usaba mucho la hélice se movería menos y la lucecita ni encendería, por eso, mientras más electricidad mejor para el motor y parta el foco... Aunque un dispositivo simple, yo alucinaba verlo convertido en un avión, así que, cuando la pila se agotó, no tuve mejor cosa que conectar el aparatito de marras al tomacorriente de mi cuarto para que "funcionara mejor".... ¡Ese día casi termino electrocutado!
El tío Ale fue mi gran ayuda para trabajos del colegio, pues aparte del móvil en triplay con la imagen de mi querido Topo Gigio, el pintó las hermosas láminas que yo presentaba orondo al para colgarlas y adornar mi salón de clases. Y es que los profesores valoraban mucho el arte de Ale: Gracias a él presenté los más bonitos trabajos en Arte y manualidades que podía imaginar; pero gracias él descubrí algo insospechado aprendía a apreciar y casi enamorarme de lo oriental... Casualidad o no, el tío tenía muchos amigos de origen asiático y a través de él conocí a varias personas de ascendencia china o japonesa…. ¡Tengo un montón de amigos "jalados"! - decía riendo.

Como yo era el más entusiasta en pedirle cosas al tío, mientras mi mamá visitaba a la hermana de Ale, mi tía "Chola" con mi hermano, íbamos al taller a ver la creación del momento: una pintura reproducción artesanal de un afiche de película, unos muebles hechos con cajitas de fósforos y retazos de madrera... en fin. Recuerdo bien que el tío no decía nada y salíamos a la tienda de las esquina donde cada vez que entrábamos, la mujer nos recibía con ojos alegres, mucha cortesía, y invariablemente nos ofrecía una tacita de ‘cha’ y ‘okashis’ (unos pastelitos con formas geométricas…) Siempre era un plato para el tío y otro, especial, para mí. Era raro, yo era muy pequeño para que alguien me atendiera así… Aunque esos recuerdos se me presentan brumosos en mi mente infantil, aún tengo clara la sensación rara de ese sencillo ritual que se repetía igual vez tras vez… Es que había algo en la manera en que nos ofrecía los pastelillos; una cosa particular que iba más allá de las formas y los modos… ¿Sería simple amabilidad? ¿Respeto? o ¿quizá un homenaje a quien lo recibía? Aun ahora pienso que no podría haber sido eso; no creía merecer un trato obsequioso ni tan gentil de un adulto y más de una dama. Era solo un niño entonces.
A pesar del tiempo sigo sin entender… el cha, y los pastelitos se repitieron muchas veces como una ceremonia profana sobre el mostrador de aquella tienda… Cierro mis ojos e imagino que la mirada de la mujer me decía: “Toma, pequeño; es mi homenaje a ti que me visitas”. En fin, como escribiera el Hermano Guillermo Dañino en una dedicatoria de uno de sus libros, quizás mi vida, de alguna manera estaba signada como “orientada al oriente” y por eso, de alguna forma, repito, me enamoré de aquella cultura tan singular y maravillosa.
Lo que empezó con mi “tío” prosiguió a través de los años con los libros de cuentos de “Ediciones en Lenguas Extranjeras de Beijing" que animoso compraba junto la “chinita”; luego, las traducciones del Hermano Guillermo, no solo de cuentos populares chinos sino de un universo distinto y sutil con la poesía de Li Tai Po o Wang Wei. También, las novelas de Kawabata o de Mishima o las actuales de Yu Hua, Ai Mi o Geling Yan.Sin embargo, fue con la música donde hice mi mejor aprendizaje: Gracias a la generosidad de gente muy diversa; al inicio, con mi querida amiga Neko – Chan desde Oyama (小山市) y ahora, con Thomas K. de Honolulu, y alguna vez, a través de la honorable Minako; creo tener la suerte de haber aprendido a escuchar la música de las “12 Girls Band”, de Jian Peng Fang, Yu Homgmei y Joe Hisaishi, gracias a la internet y al "todopoderoso" Google, por su parte, pude conocer a Bua Chompoo Ford, Joey Yung, Boa, Lee Sun-Hee; sin embargo, siempre termino por volver a los orígenes y me deleito, como con un buen vino, con las canciones de Momoe Yamaguchi, Kobayashi Sachiko, Rimi Natsukawa y, en especial, mi bien amada Teresa Teng, las mismas que me hizo escuchar por primera vez Neko-chan.
Así, debo reconocer que lo oriental me ha ‘jalado’ desde siempre y lo hecho a través de cosas simples e insospechadas como los “animes” que veía de chico o los que ya adulto, compartí con mis hijas. Y, aun ahora, con los ‘doramas’ coreanos, los dramas de Zhang Yimou y las películas de los estudio Ghibli. De alguna manera siento que son el anzuelo perfecto, ese que atrapa y hace "morir" con deleite…
Por todo eso y más, el oriente está en mi vida, ya no tanto con la comida “chifa” (que se ha hecho tan común), sino, dentro mío, en una forma de ver y de sentir la vida.






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