sábado, 22 de enero de 2011

Dicen de mí - Capítulo 1: Rendez-vous


La hoja lanzó un débil destello que fue suficiente para distraerme de mis cavilaciones. A pesar de que era uno de esos cuchillos que se usan para abrir el pan, podría haber sido efectivo para la intención que tendría su portadora.

¿Cómo llegué a esta situación? Para entenderlo, debía volver tres años más atrás.



Capítulo 1: Rendez-vous
-I- 
Había dejado la Academia y, tras varios intentos por lograr una vacante en Medicina (en la última vez, estuve a sólo 25 centésimos de hacerlo), postulé una vez más y tuve éxito, aunque ingresé a una carrera totalmente distinta a la mèdica. De todas formas, había logrado lo que quería e imaginé que estudiar en la universidad equilibraría mi vida en muchos sentidos... también en lo personal. Pero, aunque ingenuamente decía que mi paso por la Academia ‘Nobel’ "me había curado contra el susto"; al poco tiempo, tuve que reconocer que estaba equivocado: Una chica de nombre inofensivo haría que me tragara mis palabras.

-II-
Margarita era una chica flaca que había ingresado en mi promoción. Ella, al igual que yo, se sentía un tanto desubicada en la universidad. Ambos (lo supe después) veníamos de colegios particulares y cambiar de una institución particular a una estatal, resultaba muy fuerte. Quizás por eso la entendía en cierta forma.

A Margarita casi siempre se la veía sola, no se relacionaba con los chicos y miraba a casi todos por encima del hombro. Con el tiempo, hizo una o dos amigas; las que aparentemente tenían una posición más acomodada que la del resto.
Durante casi todo el primer ciclo con las justas nos saludábamos. Pero, cierto día de octubre, la encontré sola, muy temprano por la mañana. Como la puerta de nuestro salón (el “Aula 1”) se encontraba cerrada, estaba en el patio, sentada en una banca. Hasta ahora la recuerdo; parecía una chiquilla indefensa con un pantalón jean sencillo y un polito turquesa con un estampado infantil de unos patines. Me pasó la voz: "¡Hola, Edgardo! Tú siempre llegas temprano, ¿no?"  "Sí" – respondí yo - "¿Y, cómo sabes?" “Ah, es que yo siempre subo al segundo piso, donde está el ‘Paraninfo’ y de allí te he visto varias veces." Al contestar, hizo un mohín coqueto mientras pasaba su mano por su abundante cabellera, cortada al estilo paje. Me pareció graciosa y, como me hizo la conversación, seguimos hablando. "Tú estudiaste en 'La Salle', ¿no?; yo soy de las “Canonesas".  Tengo que estar aquí por ahora, pero pronto voy a hacer mi traslado… Choca, ¿no? No es lo mismo…. Tú también piensas igual. N'est-il pas vrai?"Conversamos unos quince minutos, los cuales fueron suficientes para que me pusiera al día sobre algunas cosas de su vida: Margarita era la segunda de dos hermanas, sus papás se habían separado cuando tenía doce y vivía con su mamá; le gustaba el cine y la música de Charles Aznavour; además, tenía una afición ‘secreta’: la pintura. Por eso, me confesó que su sueño dorado era viajar a París, donde alquilaría una buhardilla y pintaría igualito que los pintores románticos de antaño. Ella, en sus propias palabras, era una “enamorada de Francia"; por eso, de vez en cuando, soltaba una que otra palabra en el “idioma del amor”.
En noviembre y, conforme se acercaba el final del primer ciclo, coincidimos varias veces. Fue entonces cuando Fernando, cual ‘León-O’ de los ‘Thundercats’, vio “más allá de lo evidente” y un día, antes de entrar a clases, me dijo: “Ten cuidado con la Magg-gariit (aquí imitó el acento afrancesado que hacía la chica al hablar). Para mí está ‘media loca’. Bueno, no sé… Me parece…” “¿Tú crees?”- le respondí. “No me digas que no te has dado cuenta; si para todo el rato mirándote. ¿No te hagas el tonto? ¡Se te ha templado y te quiere atrapar!”. "¿Así?" - le dije mi amigo; pero lo cierto es que no lo tomé muy en serio; solo me reí y añadí: “Ummm... No creo. Creo que te lo estás imaginando… Además ella no me gusta. Yo ni la miro…”
Ni bien había terminado de pronunciar esas palabras, sucedió algo que hizo que Fernando se riera bajito y me dijera: “Pues ahora sí que la vas a mirar… Voltea… ¡Ahí viene ‘tu monamurr’!” Ya le iba a contestar una pachotada, cuando la curiosidad me ganó y volteé. En efecto, allí ingresaba Margarita caminando por el pasadizo, directo hacia donde estábamos. Pero… ¿era ella en realidad? ¡La chica se había trasformado! Llevaba una blusa ajustada, blanca y con blondas; una minifalda jean y unos zapatos blancos de taco… “Ahí te dejo” - me dijo Fernando. “¡Provecho! Ja, ja, ja!”
Ese día, Margarita fue la primera chica que me demostró lo que significa ir “directo al grano”. Ni bien llegó, se me plantó delante y me dijo: “¿Y, mon ami, cómo me ves? ¿Estoy bien?” Y, como yo no atinaba a decir algo, añadió: “¿Qué te pasa, chéri? ¿Te asusté?” Entonces la miré bien y fue algo así como mi primera lección práctica sobre el vestir femenino: ¡Algo no estaba bien! En palabras de mis hijas hoy, Margarite había “cometido un atentado contra la moda”. Entre otras cosas, porque las piernas flacas de Margarita estaban enfundadas en unas medias ‘panties’ de color humo que evidenciaban lo terrible: ¡La chica necesitaba con urgencia una buena sesión de cera o alguna crema depilatoria de las de hoy! ¡Pobre! Se la veía ridícula pero, no le dije nada.

Supongo que alguna de sus amigas sí lo hizo, pues nunca más volvió a aparecerse de esa forma. De todas maneras, no sé que habría pasado por su cabeza para haberse atrevido a venir así; aunque luego me enteré  lo que se decía entre las chicas. Según ellas, Margarita había dicho que vino vestida de esa manera porque ¡yo se lo había pedido! Y más todavía, que desde entonces tenía que arreglarse bien, dizque, para mí... Fue de esta manera que las palabras de Fernando resonaron nuevamente en mi cabeza; pero, como buen hijo de mi madre, confié y no le hice caso a los chismes. Jamás imaginé algo raro, ni siquiera cuando conversando con la niña, soltaba cosas curiosas como: “¿Sabías que todos me dicen que mi cabello es mi atractivo? Mira, es de color negro azabache, avez-vous remarqué? Tócalo, es sedoso y abundante ¿no te parece…?” o “¿Crees que estos aretes me quedan bien…?” o “¿Has notado que hoy tengo un nuevo perfume…? ¿Dicen que van con mi personalidad…?” o “¿Mis ojos? ¿Has visto mis ojos…? Dicen que son misteriosos… Que pensez-vous?” Por supuesto, yo no sabía qué decir y, si soltaba algo, eran frases desafortunadas como: “Si tú lo crees, está bien.” o “No sé… Creo que… no sé…será así, pues”. Y es que no sabía cómo hacer para que entendiera que no me interesaba. Además, todas esas cosas eran literalmente nuevas para mí, eran como dicen, "cosas de mujeres". Hoy (¡paradojas del destino!) esos comentarios son moneda corriente en el mundo frívolo de algunas chicas que conozco; pero entonces, no las entendía. Por eso, lo único que podía hacer era escucharla calladito, pero con un gran signo de interrogación dibujado en la cara.


-III-
Estaba por terminar 1982 y con él mi primer ciclo en la universidad. Fue entonces cuando cometí mi primer y definitivo error: Margarita, como quien no quiere la cosa, me pidió mi número de teléfono y yo (tonto) se lo di: “Es 326609”.

Pasaron las fiestas de fin de año y una tarde de enero, me llamó. Como no había nadie en casa y por entonces el servicio telefónico se cobraba por por llamada y no por tiempo consumido, conversamos por casi tres horas. Debo reconocer que me entusiasmé un poco, pues casi nadie me llamaba y menos una chica. Así, me pasé presumiendo de mi colección de discos 45' y LP e hice mi primera sesión privada de DJ vía telefónica. (La última vez que hice una locura semejante me costó pagar un recibo más de ¡400 soles!!!) En fin, después de ese día, Margarite empezó a llamar casi todas las tardes. En una de esas, se me ocurrió contarle que tenía pases gratis para el cine y obviamente me dijo: “Y, por qué no me invitas, mon ami?” ¡No lo podía creer! Hasta entonces ninguna chica (y más las que me habían gustado), había aceptado ir conmigo sola al cine; las que me dijeron que sí, medio que se aprovecharon, pues siempre llevaron a alguna amiga más… “Vamos, chéri, invítame bien, pues.” – Insistió Margarita-; y yo, con voz temblorosa, le dije: “Bueno, si quieres… ¿Vamos a ver ‘Tron?’.”… “¡Así, no!” – Reclamó ella. - “Ah, Mon Dieu!, ya está visto que no sabes invitar. ¿Cómo que ‘si quieres’? En fin, te disculpo… ¡Ya luego aprenderás! Bueno; vamos a ver ‘Tron’ en el cine El Pacífico del óvalo de Miraflores el sábado en la matinée… ¿ya? C'est magnifique, mon ami! Merci beaucoup, gracias… Nos vemos…” Clic.
El sábado era dentro de dos días y hoy, 28 años después, quiero dejar expresa constancia que recién caigo en la cuenta que esa fue ¡‘la première fois’ en que iba a ir solo con una chica al cine! También fue la primera vez que iría solo a Miraflores, pues hasta entonces, ‘mi mundo’ se limitaba a sitios puntuales de Lima y, Miraflores, no era ‘mi territorio’.

-IV- 
Llegó el sábado y ansioso llegué al cine media hora antes. Mirando los edificios y las tiendas del óvalo de Miraflores, me sentía en otro planeta pues no conocía casi nada por allí… Felizmente, hay que reconocerlo, Margarite fue puntual y no tuve que esperarla. Esta vez vino con su mini pero con las piernas depiladas. “Bonjour, mon ami!” – Dijo- “¿Entramos? He traído chocolates.”

A los pocos minutos de haber empezado la película sentí que Margarita me tocó el hombro y me dijo bajito: “¿Quieres el ‘Sublime’ blanco o el azul?” “Cualquiera.” –Le respondí. “¡Tu mano, chéri!” - me dijo y yo, obediente, se la extendí esperando recibir el la golosina, pero en cambio sentí la mano de Margarite que tomaba la mía… ¡Me estremecí! A continuación, la levantó junto a la suya de tal manera que se podía ver las dos manos entrelazadas como sombras que contrastaban claramente con las imágenes proyectadas en la pantalla. ¡Me quedé mudo e inmóvil!

Todo el resto de la función Margarite retuvo mi mano. El sudor de mi frente caía por mis ojos y no me dejaba ver bien la película, además, me daba vergüenza tener que limpiarme a cada rato con mi pañuelo. Así, aunque “Tron” (la película de moda por entonces) tenía los efectos especiales más avanzados de la época, hoy, por más esfuerzo que hago, no tengo ni idea de qué se trataba.
Durante toda la proyección el “Sublime” nunca llegó,  Margarite me tuvo bien chapado y no me soltó, ni siquiera cuando le dije que sentía un poco de hormigueo en el brazo. Realmente fue extraño, estaba tan confundido que no pude ‘meterme en la cinta’ como me suele suceder, lo que pasó es que estaba definitivamente "en otra cosa". Al final, no sucedió nada más y solo cuando encendieron las luces , me pude liberar.
Cuando salimos al óvalo Margarite estaba feliz… Ya en la calle,  pude respirar y aproveché para secarme bien el sudor de la cara. Al cruzar la avenida Pardo para tomar el bus, aprovechó para tomarme otra vez de la mano. No recuerdo si hablamos algo más; solo me acuerdo estar en el ómnibus, yendo a casa, mirando desconcertado las calles,.

-V-
Con el mes de febrero las llamadas de Margarite se intensificaron. Las hacía hasta dos veces al día... En una de esas, me confesó otro de sus “secretos”: Le gustaba escribir y sobre todo, poesía. “¿Quieres leer lo que escribo? – me preguntó. “No sé, si quieres….” - le respondí.- “Oh, mon Dieu... ¡‘si quieres’, ‘si quieres’! ¡Cómo 'si quieres'? ¡Otra vez! ¡No aprendes, mon petit ami! Bueno, te perdono; dame tu dirección…”

Ahí cometí me segundo error.

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