Mostrando entradas con la etiqueta The Hollies. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta The Hollies. Mostrar todas las entradas

domingo, 22 de marzo de 2020

No es el fin, pero...

Quizá no es la mejor película pera ver en la cuarentena, pero tengo a quién culpar. Su indicación fue simple: "Ahora no tienes excusa para no grabar en un disco todos esos DVD que guardas. Ten lista una bolsa para mandarlos a reciclaje después". 

Poco a poco la bolsa va quedando lista, pero mis emociones no.
Durante esta semana de distanciamiento social he recibido mensajes de todo tipo; desde informativos, alarmistas, ingeniosos u otros que rayan en el humor negro. La mayoría, sin embargo, han sido de esperanza, de aliento, de confianza en Dios y en la Providencia. Lo curioso es que en ninguno de ellos ha aparecido las palabras temor o incertidumbre. Aunque, estoy casi seguro, de que ambas emociones están allí.
"Buscando un amigo para el fin del mundo" es para muchos una película olvidable. La casualidad ha querido que la regrese a ella en lo que parece será un largo periodo de soledad.

Así, hoy la he vuelto a ver con ojos de miedo.

La historia es simple: un asteroide de 112 km caerá sobre la Tierra en tres semanas y eso significará el final de la humanidad. En ese contexto Dodge conocerá a Penny.
Hacia el final de la película dos escenas resultan conmovedoras:

La primera, cuando Dodge, junto a Penny, va a buscar a su padre quien lo abandonó de niño.

El fondo musical de "The air that I breath" de The Hollies acompaña la escena del reencuentro y también la confesión  de Dodge a Penny: "Eres el amor de mi vida".

La segunda, que termina su corta historia juntos, llega el final de todo, ¡literalmente! 
Penny: Solo quiero estar contigo.
Dodge: Y yo también contigo.
Penny: Sin ti no podría vivir, no importa hasta cuándo.
(...)
Penny: ¿Qué hacemos ahora?
Dodge: Solo quiero estar contigo, quiero estar hablando contigo.
(...)
Penny: ¿Sobre qué quieres hablar?
Dodge: ¿Dónde creciste?
Penny: Nací en Surrey... Toda mi familia es de allí... y, mi mamá fue periodista antes de su matrimonio. Nunca pelearon o nunca los oí pelear. Charlie es el mayor, después Benny y después yo. Y, tenía una hermana, pero al nacer murió. Aún pienso en ella.
(Se escucha una explosión, probablemente el primer impacto del asteroide sobre la Tierra.)
Penny: ¡Oh, Dios!
Dodge: ¿Cuál era su nombre? ¿Cuál era el nombre de ella?
Penny: Patricia... Patricia Hope Lockhart
Dodge: ¡Qué hermoso! Es un nombre hermoso.
(...)
Penny: ¡Ojalá te hubiera conocido hace mucho! ¡Cuando niños!
Dodge: No habría pasado de otra manera. Tenía que pasar ahora.
Penny: Pero es poco tiempo...
Dodge: Nunca habría sido suficiente.
(Una nueva explosión)
Penny: ¡Tengo miedo!
Dodge: Yo... estoy muy enamorado de ti, Penny. Eres lo que más quiero en el mundo entero.
Penny: ¡Creí que nos salvaríamos uno al otro!
Dodge: Así fue.... Penny, estoy feliz de haberte conocido.

(Un fuerte destello detrás de Penny termina por iluminarlo todo.)

Es bueno valorar tu vida, la de un otro.
Pocos, sin embargo, tienen la oportunidad de valorar su vida junto a un otro.

domingo, 27 de julio de 2014

Y sin embargo, se mueve...

(....) el tiempo que nos ve pasar a todos (...)
(un pedacito de José Saramago - 2009)

-Ja, ja, ¡sólo falta que le des su manzana a la Miss! -dijo ella con voz meliflua. La profesora, inevitablemente se puso roja como un tomate. Yo, que hasta entonces había procurado no mirarla, lo hice por un segundo y fue suficiente para reparar en lo que había pasado: La mujer se estaba burlando de mí, de lo que le había escrito a María C. Esa fue la primera vez cuando sentí que se movía.
La historia, (si es que ha habido alguna) empezó casi dos años atrás, en unas sesiones de práctica de los miércoles. Allí divididos en grupos de 6 u 8, en pares diferentes cada vez, uno de nosotros debía exponer una situación problemática no muy compleja, pero personal;  y el otro, debía hacer las veces de "ayudador" e intentaría hacer precisamente eso, "ayudarlo". Aquella vez, María C. vino a suplir a nuestra supervisora y justo, en esa sesión yo era el "ayudador". Debí haber estado fatal en mi labor, pues María C. no se contuvo y me cortó: ¡Atento, señor! -dijo y yo me callé. Entonces empezó a hacerme notar una a una mis deficiencias, pero yo, no sé por qué, lo único que hice fue mirarla directamente a los ojos. ¡No, jovencita! -pensaba; no porque seas muy especialista me vas a decir así las cosas, y es que María C. no andaba con rodeos, irónica y desenfadada, llena de gestos y moviendo sus manos, me dijo las cosas a lo bruto... y bruto me sentí mientras hablaba; por eso, no le bajé la mirada, tanto que en un instante, se atropelló un poquito, pero fuerte como es, no se amilanó y siguió destrozándome con sus comentarios.


Desde ese día, la odié un poquito.

Dos años después, en un curso más avanzado, nos volvimos a encontrar y, esta vez, muy a mi pesar, María C. había sido designada como nuestra supervisora; ella era quien nos tendría que guiar en las nuevas prácticas, las cuales, ya no eran simulaciones de acompañamiento, sino debíamos enfrentar y exponer casos reales. Fueron dos ciclos con María C., la mitad de los cuales, era evidente (al menos para mí) su inquina y su poca buena voluntad para conmigo. Cada vez que podía me hacía notar cómo mi "de-formación" de base afectaba mi trabajo de acompañamiento: ¡Eres profe, pues! ¡Acá no es el colegio! ¡Atento, pues!
Hace tres semanas tuvimos la última sesión y María C. y ella nos pidió hacer un informe final. Yo, cansado de redactar documentos formales, pensé hacer otra cosa y, de pronto, sentí que quería decirle "mis impresiones y aprendizajes" de otra manera. Fue así cuando decidí escribirle una carta personal.
Llegué a la sesión y, curiosamente, esa noche todos habían llegado temprano, sin embargo habían dejado vacío "mi lugar" al lado de María C. Sentados como siempre formando un círculo, mis compañeros fueron leyeron sus informes y María C. agradecía y puntualizaba los logros, yo mientras tanto solo escuchaba y de vez en cuando miraba mi papel... fue entonces cuando tuve la sensación que el piso se moviera deslizándose...  Así, cuando me tocó leer, procuré fijar los ojos en el papel para no distraerme con las imágenes que proyectaba en el suelo y que se sucedían tras otra. Mi carta hablaba de mi experiencia en el curso pero, de alguna forma, en ella había aflorado mi experiencia con ella. Solo entonces entendí que lo que se movía era el tiempo... Habían pasado muchas cosas que yo me había negado y de pronto, pasaban todas juntas por debajo de mis pies. Por eso no la miré, pensé que caería y esa sucesión de imágenes me llevaría.... Solo cuando la compañera sentada frente a mí empezó a reclamar que lo que había escrito no era un informe y luego, dijo lo de la manzana; solo entonces, superé el ardor de mis orejas y la miré.

Estaba emocionada también y en un instante empecé a sentir algo más: ¿Me agradaba la chica? Bueno... Sí, me dije; pero no lo podía definir aún.... 

Horas más tarde, llegando al espacio chiquitito de mi refugio fue que (para variar) una canción y una peli me ayudaron a entender: ¡Había sido bueno conocerla a pesar de todo, a pesar del final!
Estimada, Profe María C:
Te doy las gracias pues sin querer me diste una lección insospechada. Entendí que el tiempo, a veces inconscientemente lo detenemos, lo amarramos en el dolor, en la cólera, en las ganas absurdas de que no pase. Esta semana, después de conocer a Val, hija de mi hija, viendo a su madre cruzar la puerta, volví a sentir algo parecido: Sentí que el tiempo que nos ve a todos, se movía, se ponía al día en un instante. Era un movimiento inexorable, entre dulce y amargo porque simplemente,  pasa... pasa... pasa...