lunes, 16 de marzo de 2015

Antes que a ti

A pesar del tiempo, todavía las vísperas son pesadas. La madrugada de hoy la sensación de pesar fue tal, que finalmente terminó por hacer inútil la dosis completa del Alprazolam.

Desperté y recordé que una madrugada como ésta, hace 12 años. 


Mi papá fue lo más cercano a lo que se traduce del inglés como "un hombre que se hizo a sí mismo". Quizá por eso, lo mucho o poco que intento hacer, sobre todo lo relacionado con el trabajo tiene para mí, estándares muy altos: los suyos.

Muchos recuerdan a mi padre como un hombre serio y hasta seco. Sin embargo, tenía una dimensión tan humana que quizá muchos que lo conocieron no la hubieron asociado con su manera de ser. Era tan poco evidente, que solo en presencia de mi madre se mostraba clara, indudable, ¡aún en el final!
La enfermedad recluyó a mi padre en un cuarto de hospital. Mi madre, sacrificada como siempre, prácticamente se instaló junto a él. Para ella, estar a su lado era, sin lugar a duadas, "su lugar" y así permaneció por tres meses.
El tercer sábado de marzo de pronto mi papá ya no respondía a las quimioterapias. En pocas horas se había apagado, no hablaba y permanecía con los ojos cerrados. Solo por la madrugada del día siguiente tuvo un espacio de inusitada locuacidad.

Sería como la una de la mañana, cuando escuché que me llamó.

-¡Escucha!- me dijo

Echado en su cama, mientras su rostro se recortaba con el fondo de la habitación y reflejaba algunas luces de la ciudad que se colaban entre las cortinas, sin mirarme, habló por casi una hora sobre su vida. ¡En realidad solo de una parte! 

Con mucha precisión detalló lo que podría entenderse como su lucha por lograr sus ideales y convertirse, a punta de seriedad, esfuerzo y trabajo duro, en el hombre exitoso que llegó a ser.

La verdad solo lo escuché sin mirarlo a penas. Nunca había imaginado los trabajos sencillos que hubo de hacer una vez que su padre falleció y lo dejó al frente de su familia.

Su narrativa parecía al camino del héroe, ese que va de una tarea a otra. Lo curioso es que, al terminar y después de un largo suspiro, dijo bajito una frase prosaica y muy humana: "¡Quiero sopa!"

Por eso, salí de la habitación y vagué por los pasillos del hospital. Finalmente, contraviniendo toda indicación, le hice sorber un poco de jugo de caja, ¡lo único que pude encontrar!

A las cinco de la tarde de aquel día regresé al hospital. Esa noche también iba a velarlo. Encontré a mi mamá más callada, y como siempre "tranquila". Varias personas habían llegado a visitar a mi padre, pero, la licenciada María Ramírez, una de las enfermeras que lo cuidaba (y que llegó a apreciarlo mucho) les aconsejó que no ingresaran. Les dijo que mi papá necesitaba descansar. Entonces ya lo encontré conectado a un monitor de signos vitales.
Miraba el aparato, como queriendo que me dijera algo, cuando de pronto, sonó una alarma: la respiración de mi papá había empezado a decaer. lo mismo su ritmo cardíaco. Entró nuevamente la enfermera y, tocando mi hombro, me dijo: "Ya es la hora".

Quizá no entendí o no quise entender. Empero, mi madre. que había trabajado en esto, comprendió exactamente lo que implicaban esas palabras: Mi papá estaba agonizando.
Fue entonces cuando junto a mi madre le empezamos a hablar.

Yo solo atinaba a decirle "Papá" mientras acariciaba su mano.

Los signos eran cada vez más espaciados y débiles.

Entonces, mi madre, acercándose a su oído, comenzó a decirle:

-¡Animo, gordito!
-Ya vas a ver, vamos a salir de esta...
-¡Yo estoy aquí!
-Tranquilo, gordito. Estoy aquí...

Esas frases sencillas produjeron en mi padre algo que nunca olvidaré. Mientras mi mamá hablaba, cada una de sus palabra resonaban en a mi padre como un llamado para que siguiera a su lado. Solo mientras ella hablaba, los signos vitales en la pantalla subían, se mantenían. Cuando ella callaba o yo decía algo, bajaban.

Entonces me di cuenta de que él no me escuchaba. Ni a mí y menos a la enfermera Ramírez que le decía: "¡Luche, señor!"

De hecho, mi papá sí estaba luchando, pero luchando por amor... ¡por amor a mi madre! Lo hizo por algunos minutos que parecían eternos; hasta que su cuerpo no pudo más.
Hoy, una década después pudo decir que el amor sí existe. Lo vi un 16 de marzo de 2023 a eso de las cinco y media de la tarde.

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