Siempre respeté a mis profesores del cole: respeté a todos, pero solo a algunos también los llegué a querer, sobre todo a los que me enseñaron en primaria. Hoy, adulto y convertido en maestro, por cosas de la vida, trabajo en el mismo colegio donde estudié; por eso, don Julio C. ("el que todo lo sabe"), me hace notar que ese "respeto" (no exento de temor) lo mantengo con algunos de los que ahora son mis colegas. El caso particular es de uno, al quien (dice el), sigo viéndolo como si todavía fuese su alumno. ¿Será que eso que llaman “sano temor”, el que te inculcan de chiquito se mantiene a pesar de los años? No lo sé, pero con usted mismo, don Julio C., me sucede lo mismo a veces... y eso que usted nunca me enseñó.

La noticia corrió como pólvora. En cuanto pudimos, muchos corrimos hacia el pabellón de primaria para comprobar si lo que decían era verdad... ¡Y lo era! ¡Allí estaban! ¡Qué desgracia! Cualquiera que no hubiera estado con nosotros durante la primaria no entendería el por qué de nuestra frustración: Por casi 6 años casi todos nuestros profesores habían sido varones y viejos (la mayoría rondaba fácilmente los 60 o 70 años) y los que no fueron hombres, eran monjas. ¡Qué injusto! ¡Puñales, qué mala pata! -decíamos- ¡Justo cuando entramos a secundaria llegan profes nuevas y todas van a primaria! - Eso era lo que pensamos, pero nos equivocamos.

¡Cómo no recordar a la profesora Lara si era todo dulzura! Durante el tiempo que estuvo con nosotros nunca se permitió un grito, nunca un mal gesto, nunca un despropósito. Ser suave y delicada era su mayor virtud. Si hasta cuando tenía que llamarnos la atención por hacer bulla, lo hacía diciendo “A ver, hijitos… ¿guardan silencio?” Y qué creen... ¡todos le hacíamos caso! ¡Tan linda ella y tan obedientes nosotros!
Las clases de la profesora Lara discurrían felices y tranquilas, no solo porque su presencia era casi una bendición en un colegio de varones, sino porque con el tiempo comprobamos sus innegables méritos profesionales y personales. En mi caso, la presencia de la profesora Lara escondía además tenía un algo especial: Aunque por entonces era (un poco más) ignorante sobre el tema de “las mujeres”, la Señorita Lara se convirtió en lo más cercano a mi "ideal de chica ideal’, aunque a mis 12 años no lo tenía claro ; por entonces solo me trataba de esforzarme al máximo en sus clases, pensando para ‘mis adentros’ en lo bonita que era y esperando que pensara al menos un ratito en mí al momento de revisar mis exámenes.
Hoy, 34 años después su imagen persiste en mi mente: La veo caminando muy elegante por el pasadizo del pabellón de secundaria, siempre con un fólder en el brazo pegado a su pecho.... Siempre vestida con pulcritud y recato… Siempre una blusa o una ‘cafarena’ de cuello alto... Siempre una cardigan sencillo o un saco de paño... Siempre faldas largas por debajo de las rodillas... Siempre zapatos oscuros con tacos no muy altos... Siempre un maquillaje discreto y su cabello lacio bien sujeto con una cola y cerquillo… Siempre muy ella, serena, en su sitio… En resumen, aunque les suene ridículo; por entonces, después de la Virgencita "de la Estrella", nuestra patrona, y obvio, de mi madre; allí, peleando el segundo lugar, allí estaba ¡la señorita Violeta Lara!

Después de esta tardía y medio huachafa declaración de mi ‘amor’ adolescente, no me queda sino confesarles la verdad de mi fascinación por mi profesora: Aparte de sus ojos medio rasgados escondidos detrás de unas gafas enormes, lo que más me gustaba de ella era, ni más ni menos, ¡su voz! ¡Tan dulce suave y cantarina era! Puede que con el tiempo la haya idealizado pero, aparte de la voz de Marisela (ver ‘Message in a bottle’), ninguna otra voz me ha sonado jamás tan perfecta a mis oídos.
Fue de este modo que la profesora Lara, no solo terminó por definir mis expectativas en relación a las chicas sino que, de alguna manera, determinó mi gusto por cierto tipo de mujeres. Además, como "valor agregado", las señorita Violeta hizo nacer en mí un incipiente gusto por la literatura… Bueno... Al menos lo consiguió por un tiempo...

Los 70’s fueron una década dura, junto a la Revolución de Velasco Alvarado vino el nacionalismo; por eso, la literatura peruana monopolizó el material que se leía en los primeros años de secundaria. No me quejo, pues debo reconocer que gran parte del mérito de la literatura peruana proviene de los cuentos de Valdelomar, Ribeyro, Congrains Martins, López Albújar y Naranjo. Esos eran los autores que estábamos obligados a leer. Por eso guardo hasta ahora mi viejo libro “Lectura silenciosa y expresiva” de Jorge Ventura Vera, en él no solo están los más conocidos cuentos de autores peruanos sino también las anotaciones y explicaciones que la profesora Lara nos daba en clase.
Llegó por fin 1977 y con él, nuestro segundo año de secundaria. El primer día de clases ya tenía mi libro “Cuentos peruanos 2 ” forrado con papel azul, forro 'Vinifan' encima y una etiqueta bien puesta, tal como me había enseñado mi madre. Así, esperaba ansioso mi clase de Lenguaje.
Recuerdo claramente cuando la profesora Lara apareció en el vano de la puerta del salón, estaba plácida y hermosa, pero había algo que no estaba bien. ¡Se veía medio gordita! La razón era más que evidente pero a mí nunca se me había ocurrido. Era un pequeño detalle que explico hoy parafraseando una canción: "Tú serías una mujer perfecta… pero solo tienes un defecto… ¡que no eres... soltera!"
A los pocos días de clase parece que el embarazo no le sentó bien, empezó a faltar y finalmente, tras unos cuantos meses, dejó de venir definitivamente.

- VI-
Fue de imprevisto. Cierto día, cuando era junio y garuaba, nuestro Titular, el “Caballón” Medina, llegó a clases con la mala nueva… Para contarlo de una forma menos triste, digamos que sonó algo así como lo que se solía escuchar en el Estadio Nacional durante un partido de fútbol: ¡Aaaatención! ¡Aaaatención! ¡Caaaambio en el equipo de 2º año! ¡Saleee… la Srta. Violeta Lara (alias ‘el Ángel’)! ¡Ingresaaa, la Srta. Dora (alias ‘la Bruja’)!
(¡Glup!)
